SEGUIDILLAS DE FUERTEVENTURA
FUERTEVENTURA
Análisis musical.
Las seguidillas majoreras son alegres y vivas. Son una canción tonal que normalmente se interpreta en re mayor y la mayor, existiendo una modulación entre ambas tonalidades en el ecuador de la copla. Las melodías vocales son sobrias y poco propensas al ornamento y al melisma. Algo muy parecido ocurrirá con las melodías instrumentales. El esquema armónico es (I - V) - I modulación a 4ª descendente (I - V) - I modulación a 4ª ascendente (I - V) - I. El compás es de 4 + 2/4. El tempo suele estar entre los 170 bpm y los 200 bpm. La organización formal es muy sencilla, ya que es una sucesión de coplas precedida por una introducción instrumental. La textura es heterofónica, es decir, cada actor del ensamble tiende a hacer una figuración métrica distinta. No se observa polifonía con la salvedad del cuerpo de púas en versiones recientes. El acompañamiento instrumental lo desempeñan laúdes, bandurrias, mandolinas y violín, mientras que el armónico queda a cargo de guitarras, timples y contras. Pandereta y lapas forman la sección de percusión. La parte vocal es puramente solista y, dado que no hay solapamiento entre coplas, no existe polifonía. El texto se distribuye en cuatro versos heptasílabos y pentasílabos dispuestos de manera alterna con rima A B A B o A B C B.
Historia.
Como figura poético-musical, las seguidillas parecen tener su origen a finales de la Edad Media, de ahí su presencia en códices como el Cancionero de Palacio de los Reyes Católicos. Sin embargo, será en los siglos XVII y XVIII que se consolidará como canción popular y danza española, extendiéndose por toda la Península Ibérica y adoptando diferentes variantes regionales en territorios como La Mancha, Andalucía, Murcia, Canarias e Hispanoamérica. Tal fue su popularidad, que una vez más este género trasciende el ámbito popular para incorporarse al académico en forma de entremeses y tonadillas escénicas, y canciones y arias de zarzuela y ópera. En Canarias este género goza de tal aceptación y difusión que incluso en la actualidad se conserva una decena de variantes musicalmente bien diferenciadas. Las particularidades de cada subgénero están contempladas en el análisis musical de cada versión. A finales del siglo XIX son abrazadas por el compositor Teobaldo Power, imbuido por la corriente estética del Romanticismo Nacionalista a través de su célebre obra Cantos Canarios (1880). Más adelante, durante la dictadura, son ampliamente representadas en los concursos y certámenes de Coros y Danzas organizados por la Sección Femenina de la Falange y el aparato propagandístico del régimen, siendo habitual su adición a otros géneros de carácter contrastante, como las folías o el tajaraste. Son de obligada mención las seguidillas de "el salinero" Víctor Fernández Gopar en la isla de Lanzarote, un trabajador de las salinas que se sirve de esta añeja figura estrófica para plasmar su inconformidad ante los terribles atropellos e injusticias de la burguesía conejera para con las clases humildes. Un claro ejemplo de cómo arquetipos asimilados por un determinado nicho social pueden y suelen adaptarse a nuevas necesidades y contextos.
Apunte antropológico.
Las seguidillas pertenecen al folklore festivo, es decir, aquel cuyo paradigma sirve al propósito de la diversión y de las relaciones sociales. En una clara similitud con las versiones ibéricas, las seguidillas canarias acostumbran a destinar el texto a multitud de temas, destacando por encima de todos la función amorosa y la controversia hombre-mujer. Tal y como hemos visto en el apunte histórico, las seguidillas también han servido como vehículo para el nacionalismo o la reivindicación, si bien parecen ser exabruptos dentro del devenir general del género.
