

Muchas son las estrategias para clasificar las diferentes expresiones musicales recogidas en un marco geográfico restringido. El contexto antropológico, los momentos vitales o la naturaleza musical son algunos de ellos. Nosotros hemos considerado oportuno apelar a un criterio cronológico a través del cual podamos ubicar los diferentes géneros en la historia del archipiélago. Hemos realizado un trabajo comparativo para relacionar las permeabilidades a las que han estado expuestas las piezas en el marco internacional con su posible llegada a costas canarias, para así construir una suerte de cronograma en cuatro fases. Con ello en absoluto pretendemos afirmar que tales géneros se hayan mantenido intactos a través de los siglos. Más bien proponemos un anclaje histórico a partir del cual las tonadas habrían de emprender la cuasi infinita sucesión de cambios que conforman el endemismo que son hoy. De este modo, cuando por ejemplo disponemos las diferentes musicalizaciones del romancero en el siglo XVI lo hacemos en relación a las fuentes habidas en tal sentido o, en ausencia de las mismas, atendiendo al devenir del fenómeno en otras geografías como la Península Ibérica, las Islas Británicas o Europa Central. Dicho esto, este corpus al que hemos denominado “Capítulo 2” contiene géneros de muy variada índole que se propagan en un marco histórico y geopolítico concreto que consideramos necesario conocer.
A principios del siglo XVII Canarias era uno de los mayores nodos de conexión del planeta. Dada su ubicación geográfica entre los tres continentes que protagonizaron el triángulo comercial del Imperio Español, las Islas Canarias fueron durante siglos la última parada antes de zarpar al Nuevo Mundo, y la primera al regresar del mismo. Ello trajo consigo una intrincada urdimbre cultural que floreció en una extremadamente rica cultura mestiza en la que elementos europeos, africanos, criollos, americanos y aborígenes pudieron interactuar para dar lugar a la que sin duda es una de las culturas de transmisión oral más nutridas y poliédricas de cuantas han podido ser estudiadas. Al citado triángulo comercial hay que añadir las no pocas incursiones geopolíticas propiciadas por las guerras entre las grandes potencias europeas que trataron de disputar durante siglos el indiscutible apogeo del imperio en el que nunca se ponía el sol. Bajo ese paraguas de seguridad, pero eternamente expuestos a la desnudez atlántica, nuestro territorio fue tomando forma, y grandes núcleos urbanos se fraguaron en las medianías mientras los enclaves costeros tuvieron que ser ampliamente fortificados. El campesinado por su parte quedó libre y se mezcló con los restos de los pobladores originales, todos bajo la protección y la subyugación de caciques y terratenientes, que habrían de gestionar los motores de la nueva economía. La madera, el carbón, la caña de azúcar, el tabaco, la cochinilla y la viña fueron poco a poco contribuyendo a la consolidación de un archipiélago que iría ganando importancia geoestratégica hasta convertirse en una plaza de gran relevancia, exportadora de materias primas y productos manufacturados. Por los cauces ya citados fueron entrando tendencias musicales y dancísticas en los círculos de la burguesía, que más pronto que tarde permearían al plano popular, quedando este plagado de tonadas y bailes de origen académico que en manos del pueblo adquirieron nuevas formas y significados. El buen clima, la pobreza, la escarpada orografía y el territorio fragmentado propio de un archipiélago hicieron el resto. Las frecuentes reuniones al aire libre impulsadas por la amarga realidad del trabajo pesado fueron el vehículo idóneo para el desarrollo cultural; de otro lado, la existencia de innumerables núcleos considerablemente expuestos al aislamiento favoreció la diferenciación y la creación de endemismos hasta formar el complejo galimatías que es la música de transmisión oral canaria hoy.
Por este motivo, hemos de razonar que, pese a que el criterio toponímico por islas para realizar una taxonomía de los géneros musicales está más que instaurado en el sentir colectivo, lo consideramos algo deficiente y confuso. En ningún caso podemos hablar de una única variante por isla o por pueblo, ya que, como sabemos, los elementos diferenciadores suelen aparecer más por familias o por intérpretes. Por este motivo apelaremos a aquellos rasgos estéticos que a nivel general sí parecen obedecer a un consenso entre los usuarios de cada isla.


